Hoy llovió, a cántaros, diría. Hoy mojé mis botas favoritas, pisé en un charco, bueno más bien una especie de arroyuelo que caía calle abajo. Se mojó mi cabello, se esponjó. El viento olía a geosmina y las gotas en mi rostro sabían un poco a sal. Hoy corrí por la calle entre las luces de los autos y el consante golpeteo de las gotas en la acera. Sonreía, pues te imaginaba en algún lado, resguardándote de la lluvia bajo un tejado, o corriendo por la calle, o bailando, incluso te imaginé besando otros labios húmedos y fríos, extraños. Y sonreía porque me gustó pensarte, allá donde fuera.
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